En sus comienzos, la inteligencia artificial prometía ser una herramienta única capaz de resolverlo todo: alcanzaba con abrir una ventana del navegador para redactar un correo, buscar información o generar una imagen. Pero esa etapa del asistente universal está quedando atrás y le abre paso a una era mucho más fragmentada, la de las herramientas ultraespecializadas.

Los desarrolladores comprobaron que, para obtener resultados profesionales, ya no alcanza con una IA todoterreno. Un diseñador necesita un motor exclusivo para imágenes, un programador requiere un asistente optimizado para escribir código y un investigador precisa un buscador que cite fuentes académicas en tiempo real. Cada tarea empieza a pedir un especialista distinto.
El proceso recuerda a lo que ocurrió con el streaming. Al principio, Netflix concentraba casi todo el catálogo a un precio accesible y la televisión por cable parecía obsoleta. Después, cada estudio retiró sus contenidos para lanzar su propio servicio, y hoy hay que pagar varias plataformas para ver distintas películas y series.
Esa fragmentación encarece el uso de la IA, sobre todo para el bolsillo argentino. La mayoría de los servicios cobra sus membresías en dólares, con una tarifa estándar de 20 dólares mensuales por plataforma, mientras que las versiones gratuitas tienen límites que pueden agotarse rápido según el uso.
Si un profesional o un estudiante necesita combinar tres de las herramientas más usadas, como ChatGPT Plus, Gemini Pro y Claude Pro, la cuenta mensual llega rápidamente a los 60 dólares, que en pesos pueden rondar los $120.000 por mes.
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